Llegan los exámenes. Yo estudié pero...Cómo lo digo? Esta frase suena en nuestros oídos año a año. Tal vez no reparamos en que el alumno al confesar esta situación está pidiendo ayuda implícitamente para que se lo oriente en algo más que los contenidos.
El joven de hoy está bombardeado por información dispersa, al alcance de la mano más que del cerebro. De pronto descubre que bajar de internet es solamente contar con el material que las herramientas actuales le proporcionan con rapidez, pero eso no es suficiente. Hay que leerlo, analizarlo, decodificar los textos, leer y releer, hacer esquemas y jerarquizar contenidos, escribir y reescribir. Eso no lo hace la máquina. Es producción humana y requiere como guía un docente que comprenda esa realidad, que más allá de la materia interprete su vocabulario, su desorientación, sus bloqueos a través de una educación emocional.
Si no ponemos a punto el auto, no podemos hacer el viaje. Si no escuchamos, orientamos y contenemos, no podemos decir que estamos formando. A lo sumo estaremos transmitiendo conocimientos.
Un docente es una persona formando a otra persona, no es un libro. Se puede equivocar, se puede escuchar, señalar errores y ayudar a reflexionar, tiene sentimientos y emociones. Recurrí a él ante las dudas. No temas al contacto con las personas y te limites a máquinas. Te va a servir.
Colaboración: Prof. María Susana Arcos de Cominguez
Taller de la Palabra. Tel. 4-24231. Email: mariasusanaarcos@yahoo.com.ar / masuarcos@hotmail.com.



