En el Evangelio de San Mateo (2:11) leemos que los Reyes Magos ofrecieron al Niño lo más preciado en esa época: oro, incienso y mirra. De los tres, actualmente sólo el oro ha mantenido tal condición.
Pero el uso y aprecio del incienso se pierde en la noche de los tiempos. Encontramos referencias tanto en el pueblo hebreo como en Egipto, Grecia, lejano Oriente y los templos mayas del continente americano.
Se trata de resinas obtenidas por incisión de la corteza de muy diversos árboles que al secarse adquieren el aspecto de escamas o granos.
Se lo ha usado en perfumería y cosmética pero su destino principal en todas las culturas es acompañar la meditación y la oración. Su efecto casi inmediato es profundizar la respiración y serenar la mente.
Ello se debe al estímulo que produce en el sentido del olfato. El epitelio olfativo que tapiza interiormente la nariz posee varios millones de células receptoras que se comunican directamente con el cerebro mediante el nervio olfatorio. El estímulo llega así al centro del cerebro, llamado sistema límbico o "rinencéfalo" (cerebro que huele) con una estructura primitiva que compartimos con los reptiles. Allí se procesan las sensaciones con resultantes de placer o displacer. Los responsables de esta acción sobre ese nervio son los aceites esenciales que se liberan al calentar el incienso.
El inciensario quizás más famoso del mundo por su enorme tamaño es el de la Catedral de Santiago de Compostela. Pesa cincuenta kilos y se usa actualmente en las misas solemnes, movido por largas cuerdas que lo desplazan a buena altura, a lo largo de la nave central. Fabricado en el siglo 16 cumplió en aquellos tiempos, además de su función litúrgica, una tarea sanitaria como desodorante y desinfectante gracias a los polifenoles de sus aceites volátiles. Esto era entonces imprescindible debido al hacinamiento de miles de sudorosos peregrinos,
El humo denso y aromático que se eleva lentamente es figura del rezo que vuela hacia Dios. Así lo expresa el Salmo 140:2 : "Como el incienso suba hacia Ti mi oración".
LUIS M. BERTOLINO



