Cuando de enojo hablamos, estamos hablando de una emoción que posee características internas sumamente destructivas. Puede dañarnos a nosotros y a los demás de distintas maneras. ¿Qué hacer? Se deben exteriorizar este tipo de emociones o es mejor guardarlas. Las respuestas son variadas. Algunos pueden expresarla fácilmente, por supuesto que haciéndole la vida imposible a cualquiera que este a su alrededor.
Sin duda trae cierto alivio temporal, pero esto lejos de diluirse ayuda a que el enojo surja con mayor intensidad y con mayor frecuencia. O sea que como diría mi abuela es como echarle mas leña al fuego.
Otros atemorizados ante tal magnitud de energía deciden silenciarla, e intentan por todos los medios que no salga a la luz. Luchan con desesperación porque temerosos de que al soltarla se conviertan en poco menos que monstruos. Tampoco ayuda, se vuelve sobre ellos mismos.
Responsables de nuestro enojo podrían ser miles, pero mientras consumimos nuestro tiempo buscando depositarios para todos nuestros males, lo que logramos es quedarnos enquistados en un mismo lugar.
Es donde el enojo se convierte en una gran mochila. Cuando no podemos aprovechar la información que este puede brindarnos nos agregamos un problema. El enojo es una emoción humana natural que desde distintas corrientes tanto religiosas, cuanto filosóficas se intenta dar un curso productivo a tal fuerza. La corriente de un río nos puede inundar o con algunos movimientos esa corriente puede ser riego para nuestros campos.
El enojo no es diferente, nos puede servir como nuestro guía. Sabiendo que es aquello que nos provoca enojo nos puede enseñar quiénes somos realmente, qué es importante para nosotros y la manera de lidiar con la adversidad y la frustración. Podemos aprender del enojo, y en el proceso, manejarlo no sólo a él sino también a nosotros mismos. Si logramos cambiar la mirada podemos llevar el agua a nuestra tierra para tener una mejor cosecha. Hasta la próxima!
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