Antonio Pujía es uno de los grandes escultores de nuestro país, nacido en 1929 en un pueblito del sur de Italia.
Llegó a la Argentina con apenas 8 años y siempre recuerda los primeros juegos con la arcilla en su ciudad natal. Autor de una obra intensa y sensible, el "tano", como le gusta que lo llamen, es un observador incansable de todo lo que lo rodea, Pujía es un hacedor de la belleza en el espacio.
Cursó los estudios en las academias de Bellas Artes, forjó su oficio en talleres de grandes maestros y creó el taller de escultura en el teatro Colón.
Sus obras se encuentran en diferentes países y museos del mundo, y mucho se podría decir de él.
Pero hoy quiero contarles que una de sus esculturas vive en nuestra ciudad y es una pieza de gran valor artístico que integra el patrimonio cultural de Campana. Se trata de este retrato de mujer que muestra la fotografía realizado con la técnica de yeso directo -que se encuentra en la biblioteca municipal-. Todos aquellos que hacemos escultura sabemos lo difícil que es lograr un trabajo tan expresivo como éste con un aporte directo de material, y es ahí donde reside el talento y el oficio de este gran artista.
Esta obra de 1966 es una de las piezas fundamentales para ver el cambio formal que atravesó la escultura argentina en la segunda mitad del siglo xx. Nuestros escultores no estuvieron apartados de las influencias y de los nuevos conceptos que introdujeron las llamadas vanguardias históricas en Europa. Pujía, admirador de la pintura del tremendo pintor italiano Amadeo Modigliani, como lo demuestra la serie de trabajos que lo homenajean, supo descubrir la geometría de los volúmenes y de los espacios en la figura humana, logrando un primitivismo poético que nos acerca a lo más esencial del hombre.
Esos cuerpos y esos rostros tan contundentes como profundos, con planos alisados listos para recibir toda la luz, en contraste con las texturas logradas por las marcas que deja la herramienta, muestran como la cultura y el arte atraviesan la naturaleza devolviéndole en la obra toda su inmensa fuerza vital.
Claro que no es una representación naturalista, el interés del artista no esta en la apariencia o en la imitación de la realidad, sino en captar el carácter, la estructura, ya que todo arte es una abstracción, en este caso hecha a través de los ojos del escultor.
Es evidente el diálogo artístico que ha establecido Pujía con Modigliani, conocido popularmente como el pintor de los cuellos alargados, pero también asimiló el legado de la escultura impresionista de la mano de Medardo Rosso. Podemos ver en este retrato que la nariz se alarga y se afina sin definirse demasiado, que los ojos apenas están trabajados y que la boca es casi un gesto, es una obra que insinúa y sugiere, y ello hace que las imágenes de este maestro, sean tan explosivamente sensuales, porque no muestra todo con la frivolidad de lo explícito y a la vez, -y maravillosamente-, no le hace falta nada. Con tan poco Pujía lo dice todo, alcanza la dulzura de esa mirada, la ternura de esas manos, una encima de la otra, parece ser el rostro de la contemplación y cuando me paro frente a esta obra, no puedo dejar de sentir que me observa y por momento aparta la mirada y se llena de misterio… ¿qué está mirando? me pregunto. Estoy seguro que está pensando en algo, pero no logro saber en que. No se si está a la espera o pierde su mirada en algún dolor o tan sólo ve pasar las atrocidades que el mundo vivió en los años sesenta. Su mirada es mas de desorientación y asombro de niña casi mujer, que no se explica como el hombre puede causar tantos desastres, son los mismos desastres que provocó la razón a finales del siglo XVIII, y que registró el español Francisco Goya, esos ojos son testigos esta vez quizás de un golpe de estado o de la guerra de Vietnam.
Sebastián Franco
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Auspician Monalisa artística- RODBUL- Farmacia RAFFO



