El conflicto es inherente a la naturaleza humana. Se puede decir que existe cuando dos o más personas o grupos persiguen objetivos distintos, o tienen valores, perspectivas u opiniones contradictorias o que no pueden ser reconciliadas. Así el conflicto es, más que una excepción, una característica intrínseca de nuestras vidas. El conflicto existe en nuestro interior, en nuestra familia, en la empresa, en la sociedad y entre las naciones. Es normal y es humano. Frente al conflicto se pueden adoptar distintas actitudes, a modo de ejemplo: la negación (asumiendo una actitud pasiva, esperando que las cosas se resuelvan solas); el "acomodamiento" (ajustarse a lo que pretende el otro en vez de luchar, algo así como un "perder/ganar"); la competición (se trata de una batalla que hay que ganar, ósea un "ganar/perder"); la destrucción (si yo no gano el otro tampoco, ósea un "perder/perder") o la cooperación (la búsqueda de soluciones justas para ambas partes, un "ganar/ganar"). Cuando uno se plantea una actitud "cooperativa" los resultados se maximizan; se encuentran soluciones innovadoras y en definitiva "ganamos todos". El conflicto y su resolución requieren, antes que nada, una buena comunicación entre las partes. Para que ganemos todos, cada uno debe entender al otro (sus intereses, motivaciones, etc.). Muchas veces las posturas que salen a la superficie en los planteos nada tienen que ver con los verdaderos intereses y motivaciones de las partes. Por esto es esencial la comunicación: entender al otro más allá de lo que sus palabras dicen. Un buen diálogo es el requisito básico para "comprender" al otro. Cuando pretendemos que la política se enfoque en solucionar los problemas de la gente tenemos que buscar el diálogo. Si los políticos adoptan posturas agresivas y descalificatorias se obstaculiza el diálogo y, en definitiva, la búsqueda de soluciones para la gente. En esos casos la política se reduce a los intereses mezquinos de parte, que buscan ganar a costa de que el otro pierda, sin importar la solución de los problemas que hay que abordar. El diálogo es un juego de doble vía: si prima la búsqueda de soluciones para el conjunto, la capacidad de olvido y perdón debe ponerse en marcha porque de lo contrario nos limitaríamos a un juego de vanidades de políticos que no se interesan por la gente. Debemos tener presente también que dialogar no es acordar, pero es un pre-requisito para ello. Los acuerdos pueden tener como eje un tema concreto (que las fuerzas impulsen en los órganos deliberativos) o, cuando son más amplios, pueden dar lugar a una oferta electoral conjunta. En conclusión, la política está al servicio de la sociedad cuando permite tender puentes y facilitar los procesos; por ello la capacidad de dialogar y acordar es inherente a una buena política como lo es también el foco en la solución de problemas. Si falta el último elemento de nada sirve el acuerdo; de la misma forma que el diálogo debe buscarse siempre porque en él está el principio de las soluciones a nuestros problemas.
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