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» Este artículo corresponde a la Edición del martes, 09/sep/2003 de La Auténtica Defensa.

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Buenos Aires, (especial para NA, por Pepe Eliaschev)- Superada la mítica meta de los 100 primeros días de gobierno, el presidente Néstor Kirchner domina de manera contundente el escenario político argentino. Otra semana de intensa agitación periodística revela que nada importante se formula o decide fuera del campo magnético creado en torno al Presidente.

La naturaleza central de la crisis argentina se ha estado dilucidando en estos días. No se negoció con el Fondo Monetario Internacional. Lo que la Argentina, en verdad, viene intentando asegurar es su viabilidad como estado-nación.

Imposible entender lo central de este período sin advertir que, en el centro de la agenda, la recomposición del país se juega en recuperar su capacidad respiratoria plena como sociedad civil y como mercado. La fuerte carga económica que domina la agenda doméstica no eyecta del primer plano las preocupaciones políticas.

Pero unas y otras admiten un denominador común absorbente. Las preocupaciones y opciones del Presidente están en el vértice absorbente de la coyuntura. Hasta las ecuaciones más complejas se definen, a estas horas, por el rumbo que adopta el Dr. Kirchner, cuya impronta asume proporciones considerables.

El enigma político de Santa Fe este domingo indica la relatividad de ciertas disputas nacionales. Río Negro, por ejemplo, ratificó el domingo 31 de agosto sus 20 años de radicalismo en el poder, llevando a Miguel Sáiz a la gobernación.

El Encuentro Progresista encabezado por el socialista Hermes Binner intenta, por su parte, la agotadora hazaña de superar el cepo de la ley de lemas y quebrar dos décadas de continuidad peronista en Santa Fe.

En ambos casos hay intensa participación del Presidente, que apoyó a Carlos Soria, el derrotado en la provincia patagónica, y hoy respalda al también justicialista Jorge Obeid en el litoral. Todos los caminos parecen salir o regresar a la Casa Rosada. La discusión con el Fondo, donde el protagonismo técnico y político del ministro Roberto Lavagna ha sido decisivo, ha sido asumida por el Dr. Kirchner como la clave de su gestión.

No se equivoca. Comprende que destrabar la parálisis estratégica del país supone saber si su gobierno permanecerá en funciones o será una mera primavera de entusiastas intenciones. En la siempre jugosa y a menudo tornasolada alternancia entre verdades retóricas y efectividades rotundas, el Gobierno ha ido combinando lenguajes duros y hasta llamativamente ríspidos con empresas de servicios que operan en áreas antiguamente monopolizadas por el Estado, con la aprobación en el Congreso de las leyes requeridas por el Fondo para sacar al país del ostracismo crediticio.

Se trata de una filigrana compleja que no necesariamente debería ser interpretada como perverso ejercicio del doble discurso. Por un lado, los mandobles al Fondo, más allá de la retórica setentista que entusiasma a parte de la tribuna, le permiten tener en caja al frente interno y exhibir elocuente margen de maniobra ante los burócratas internacionales que repiten su letanía de siempre.

Kirchner aprendió la lección de la debacle de la Alianza, un gobierno que vivió agarrotado por su miedo paralizante a los mercados y terminó desquiciado, con un país desolado. Sucede que a menudo le gusta al Gobierno avanzar en solitario o confiado en reduccionismos ideológicos demasiado elementales para atrapar la complejidad de la hora.

La historia de reyertas y adecuaciones posteriores que salpican sus primeros 100 días revela la praxis de un Presidente todavía a la búsqueda de un tono justo, un líder enérgico y tenaz que a menudo se envuelve en ropajes de protagonismo inquietante. El Dr. Kirchner le espeta a ciertos sectores algunas franquezas que oxigenan el debate nacional.

Pero la frontera entre esas verdades y el merodeo del riesgo innecesario es, sin embargo, demasiado volátil. Olvidada la batahola con el vicepresidente Daniel Scioli, el Presidente ha exhibido una frontalidad notable ante empresas extranjeras, aunque las privadas nacionales involucradas en privatizaciones (Correo Argentino es una alianza entre el Grupo Macri y el Banco Galicia, ambos locales) también recibieron para tener.

El clima doméstico parece ser propicio para escarmentar retóricamente a quienes son denunciados como responsables y beneficiarios de los años de Menem. En este punto, la Argentina vuelve a exhibir uno de sus rasgos primordiales, su inveterada frivolidad a la hora de las responsabilidades.

La barroca reiteración de que «todo el mal» queda confinado en la década menemista y su secuela de realidades y percepciones, como si los indultos de Menem no hubieran sido pasivamente aceptados, o las privatizaciones hubieran carecido del aval que recibieron de amplias mayorías, fatiga.

Todo sucede como si, en definitiva, en 1995 a Menem lo hubiese reelegido otro país, no la mitad de los argentinos. En este contexto de masiva ideologización de casi todo, las situaciones locales pierden relieve.

Es el caso citado de Río Negro, por ejemplo, donde el radicalismo fue ratificado en el poder provincial por sexta vez consecutiva desde el comienzo de la democracia, después de que Catamarca ya hubiese expelido el riesgo Barrionuevo semanas atrás, endosando al Frente Cívico.

Estos fenómenos locales parecen perdidos en la simbiosis confusa de los debates centrados en los humores de la ciudad de Buenos Aires, donde la disputa entre Aníbal Ibarra y Mauricio Macri, formalmente colocada en el escenario de la batalla por un poder local, se ve proyectada a la condición de plebiscito sobre el gobierno nacional.

Si algo define el momento es la escualidez de la oferta política. Porque si los contendientes en litigio exhiben una modestia de recursos personales indubitable, también es cierto que las estructuras políticas de peso se han esfumado.

El «disco rígido» del tejido civil ha sido devorado por un virus anti-partidario, fenómeno al que contribuyen ambos candidatos con su previsible denostación de «la política».

Las cifras que se manejan en la campaña del presidente de Boca revelan que el 60 por ciento de los votos de Ibarra serían, en esencia, votos anti-Macri, mientras que otro 20 por ciento serían pro-Kirchner.

Lo cierto es que, en el escenario de una victoria de cualquiera de ambos, será por diferencias mínimas (se habla de 8.000/10.000 Votos sobre dos millones de electores), con lo cual la ciudad de Buenos Aires habrá confeccionado un resultado muy parecido al de Bush y Gore en los Estados Unidos.

Ha prevalecido aquí la descalificación y la anulación simbólica, una manera de birlarle al electorado la posibilidad de una disputa rica en lecciones y fecunda en posibilidades.

Fortalecido por la evolución de la negociación con el Fondo, el Gobierno va apresurando los pasos que llevan a las recomposiciones de fin de año.

Si los acuerdos de trazo grueso lo permiten y la Argentina arriba al puerto de la serena virtud, la hora de gestionar, o sea administrar bien, se debería instalar en estas tierras, habitualmente azotadas por los huracanes de la urgencia y los ímpetus de la espontaneidad.


 
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