Buenos Aires (especial para NA, por Pepe Eliaschev) -- ¿Qué pasó con el susto mayúsculo que precedió a las fiestas? Nada sucedió. Entre el crimen aún impune de María Marta García Belsunce, el trágico accidente en la chacra uruguaya de Marcelo Tinelli, la megamillonaria contratación de Carlos Bianchi en Boca y las duras penas contra los secuestradores de Abraham Awada, el país encaró la Navidad y el Año Nuevo como una comarca plácida y despreocupada, atenta ante los excesos y atinada en su moderada exhibición de pasiones, pero sin pasiones políticas.
La Argentina sigue siendo desconcertante e imprevisible y, un año después del huracán de criminalidad que sacudió a la nación, el país se parece hoy a uno más de los varios territorios naturalmente conflictivos de un mundo atosigado de problemas, pero notoriamente alejado de las a menudo engañosas primeras planas.
Los argentinos quisieron un fin de año sereno y lo tuvieron. De cara al drama de Venezuela y comparada con los envidiables fastos democráticos de Brasil, la Argentina hoy no registra en las pantallas de radar, pese a que el famoso acuerdo con el Fondo Monetario Internacional nunca se produjo y la resbaladiza tasa del riesgo-país confeccionada por los adolescentes tardíos de las consultoras financieras de Manhattan sigue "dando" más de 6.000 Puntos, un disparate.
El gobierno de Eduardo Duhalde ingresó silenciosamente en su segundo año, tras el agotamiento anímico que llevó a los argentinos a expulsar de sus corazones, más que de los calendarios, un 2002 abominable para la abrumadora mayoría.
Todo hay que decirlo: odiar el año que se fue era también un modo irracional y sencillo de purgarse de doce meses crueles en los que sucedieron muchas cosas que, de una u otra manera, fueron pergeñadas por la propia sociedad argentina, menos víctima de la mala suerte que de sus desatinos originales.
No hay respuesta, sin embargo, para una pregunta impopular pero indispensable: es que acaso la paz de este fin de año, ¿tuvo que ver solo con los fantásticos logros de la política social del matrimonio Duhalde? ¿Es cierto que este 5 de enero hay muchísimo menos hambre y más trabajo que aquel truculento 5 de enero de 2002, cuando el Presidente prometía devolver sus dólares a los acreedores y a los colocados en la moneda de los Estados Unidos?
Desde luego, la respuesta es no. La sociedad argentina se ha demostrado veleidosa y emocional, a menudo auto complaciente y, a la vez, quejosa hasta la psicosis, pletórica de emociones tan intensas como de fugaz vida, cambiante y con frecuencia extrema en sus apreciaciones.
La semana pasada, para citar un caso revelador, un diario porteño hizo la crónica de la despedida de un grupo de argentinos que emigraba a Israel y unas declaraciones de un bien alimentado muchacho de 18 años graficaron el problema central de esta sociedad. Convencido de la justicia de su fuga in avanti, Michel Cohen, el adolescente viajero, declaraba alegremente: "no quiero que mis hijos sufran lo que yo sufrí acá". ¿Qué "sufrió" acá este argentino aun no emancipado? Partía rumbo a un país en guerra, en vísperas más o menos cercanas de una invasión de los Estados
Unidos a Iraq, y será inexorablemente reclutado para un durísimo servicio militar obligatorio de por lo menos tres años y durante el cual los conscriptos participan de feroces combates en serio.
Alguien ha dicho que una cantidad muy grande de argentinos suele considerar al país con el mismo criterio que aplica el pasajero alojado en un buen hotel y que solicita por teléfono "servicio de habitación" a la cafetería, con poca paciencia y con mucha intemperancia.
El mundo es hoy una realidad peligrosa y ardua para cualquier emigrante de y a cualquier país y, pese a la enormidad de sus gravísimas carencias sociales, la Argentina sigue siendo un país cuyos hospitales públicos y sus escuelas y universidades estatales siguen suministrando, incluso en su peor momento, superiores prestaciones a las que resultan acreedores las personas comunes de casi todo el mundo, en donde los filtros y las limitaciones para acceder a esos servicios son contundentes e insuperables.
La baja importancia que la política tiene hoy para el país concede la oportunidad de evaluar serenamente muchos de los escenarios nacionales que nada tienen que ver con las realidades partidarias electorales.
Además de haber armado una democracia exasperante y deficitaria, la Argentina sigue sin plantearse sus intrínsecos asuntos internos, para cuyo debate no alcanza la rutinaria alusión a los fracasos de la tan mentada como inexistente "clase política".
Al igual que sucede con muchos equipos de fútbol teóricamente "destinados" a la grandeza pero irremisiblemente sometidos a bajas actuaciones, la Argentina exhibe muchos problemas "de actitud", un estilo según el cual lo público siempre es ajeno, y lo privado está más allá de las exigencias éticas que se plantean a sí mismos los quejosos.
En 2003, la Argentina debe gestionar una situación fenomenalmente compleja y a la vez promisoria. Lo que Duhalde vio el 1 de enero en Brasilia al asumir Lula como presidente, fue una conmovedora exhibición de cohesión nacional, una lección de transición serena y adulta en la cual el ingrediente central es la llegada al poder político en uno de los países más importantes del mundo de un conjunto de avezados y curtidos militantes populares de clara impronta reformista. Tal vez sea esa falta de contracturas traumáticas lo que requiera ahora la Argentina, que ingresó en el vigésimo año de su enclenque democracia.
El procesamiento de lo que toca vivir hasta el 25 de mayo será una oportunidad única para verificar si las legítimas ambiciones políticas son contraproducentes con el logro de una masa crítica nacional capaz de relanzar al país a una etapa de superior satisfacción de las necesidades populares.
Pero la Argentina no traspondrá ese umbral de la precariedad eterna a la adultez indispensable si continúa aprisionada en su estado de queja e irresponsabilidad crónicas, particularmente notorias y graves en los sectores sociales más acomodados, que siempre se las han ingeniado para "zafar" y prosperar, en un mar de necesidades sociales insatisfechas.
No habrá política mejor si el país no se depura a si mismo de muchas de sus taras fundacionales, una máxima válida, desde luego, para los políticos, pero también para el 99 por ciento restante, que suele mirar para otro lado.



