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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 21/nov/2010 de La Auténtica Defensa.

Cara o Ceca:
Quise alejarme de mí, pero me llevé conmigo…
Por Lic. Patricia Katz




Hace muy poco hablaba con una persona que se quejaba de su suerte. Me decía que estaba convencida que en otros lugares estaría mejor; que lo que le sucedía era porque en ese ámbito las cosas estaban muy mal y realmente creía que irse así sin más lo mejoraría todo…

Cuantas veces escuchamos, o en un punto nos hemos cuestionado en algún momento de nuestra vida, el buscar nuevos horizontes con la idea de que en tal o cual lugar todo va estar mejor. Esa fantasía dura poco, porque en realidad ese irse lo único que provoca es continuar por mas tiempo con aquello de lo que se huye. Tengo la convicción que la única posibilidad, por más que cueste, es aceptar y meternos con aquello que nos es propio como la mejor opción para descubrir de qué se trata y decidir que queremos hacer con ello.

Con estas ideas encontré esta historia:

"En un monasterio budista dos discípulos se destacaban particularmente por su inteligencia, si bien eran muy diferentes entre ellos.

El primero solía pedir al abad que le dejara salir del monasterio para ver el mundo y en él poder poner en práctica su Zen. El otro parecía feliz con la vida dentro del monasterio. Sin duda le hubiera gustado ver el mundo, pero esto no le creaba ningún tipo de conflicto.

El abad, que nunca había accedido a los pedidos del primer monje, pensó un día que tal vez los tiempos eran maduros para que los jóvenes monjes fueran puestos a prueba. Les convocó, anunciándoles que había llegado el momento de que se fueran por el mundo durante todo un año. El primer monje estaba loco de contento, sus sueños de salir al nuevo mundo se empezaba a cumplir. Al día siguiente al amanecer dejaron el templo.

El año transcurrió rápido y los dos monjes regresaron al monasterio con muchas experiencias para contar. El abad quiso verlos para conocer lo que en ese año habían vivido y qué habían descubierto durante su estancia en el mundo laico.

El primer monje, el que quería conocer el mundo material, dijo que la sociedad está llena de distracciones y tentaciones, y que es imposible meditar ahí fuera. Para practicar el Zen no existe mejor lugar que el monasterio.

El otro, por el contrario, dijo que salvo algunos aspectos superficiales no encontró gran diferencia a la hora de meditar y practicar el Zen en el mundo exterior. Por tanto, a su parecer, quedarse en el templo o vivir en sociedad, le resultaba igual.

Tras haber escuchado ambos relatos, el Abad les dio a conocer su decisión:

Al segundo monje le concedió la autorización para que se fuera.

Al primero le dijo: _ "Será mejor que tú te quedes aquí, todavía no estás preparado"

Para sugerencias o comentarios escribir a: caraoceca@hotmail.com


 
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