Lo ocurrido en el Parque Indoamericano refleja un paisaje de anarquía, indiferencia y miedo. Anarquía por cuanto al no existir el orden, cada uno hace lo que quiere. Los servicios médicos de la ciudad no podían entrar porque no los dejaban y no había fuerza de seguridad que los acompañara. El gobierno nacional retiró la policía federal por miedo político a quedar envueltos en muertes. Prefirió que los ocupantes se maten solos, al margen de la ley, pero evitar cualquier roce con la policía. Hay que recordar que la Policía Federal es la única fuerza que opera en Capital en condiciones de poner el orden, a diferencia de otras jurisdicciones provinciales que tienen su propia policía. La policía metropolitana es un invento del gobierno de la Ciudad ante la ausencia de respuesta del gobierno nacional para transferir los efectivos de la federal a su jurisdicción; pero se asemeja a una fuerza municipal, con competencia sobre faltas menores. Pero el gobierno nacional no sólo dejó a Buenos Aires sin seguridad; también desoyó al Poder Judicial que en distintas instancias ordenó el desalojo del Parque. Como si fuera poco, a la anarquía se le agregó el uso mezquino de la situación. Mauricio Macri dijo algo que la gran mayoría de los argentinos comparte, nuestro país tiene una de las políticas migratorias mas laxas del mundo. Millones de inmigrantes de otros países llegan al país en busca de trabajo, entran sin trabas y una gran mayoría de ellos viven hacinados y trabajan en la más oscura informalidad adonde el Estado no llega, sometidos en muchos casos a condiciones de trabajo esclavo. El Gobierno Nacional se jacta de los derechos humanos de todos los que quieren "entrar" para venir a vivir al país, pero con absoluta indiferencia no se ocupa de ellos luego. El inmigrante también vive y sufre la anarquía, la ausencia del Estado. Decir que existe esta contradicción no es xenofobia, es simplemente responsabilidad. La peor de las contradicciones sucedió el viernes a la noche. Mientras los ocupantes peleaban como animales, lejos de la ley, en el imperio del más fuerte, el gobierno nacional tuvo tiempo de orquestar el más mezquino de los actos. Mientras la gente literalmente se mataba, mientras las ambulancias del SAME no podían siquiera ayudar a los heridos, el gobierno nacional se ocupó de armar durante todo el día un gran acto para fustigar a Macri. Eso era lo único que le interesaba. Mientras sucedían las muertes, la presidenta organizó un acto, junto a Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto, con la presencia del gobernador Scioli, entre otros, con representantes acólitos del mundo del espectáculo, con gente de embajadas extranjeras, con niñas que le entregaban flores a la presidenta mientras hablaba, en fin un montaje sólo destinado a pegarle a Mauricio Macri. Mientras se usaba el tiempo para armar ese acto (transmitido por cadena nacional), la gente simplemente se moría. Hay que decirlo, las palabras de la presidenta eran lindas: hablaban de derechos humanos, de no discriminación, de paz. Pero la anarquía de la ausencia del Estado generaba todo lo contrario. Tanta mezquindad, tanta ausencia de una mínima ética, se justifica por un sólo factor: el miedo a Mauricio Macri. En ese acto fríamente organizado para denostar al principal adversario político, la Presidenta se dio el lujo de hablar hasta del Evangelio. No esperamos que la presidenta cambie, pero como argentinos tenemos derecho a esperar que ciertas cosas estén al margen de la política. Actividad esta última que está para dar soluciones a la gente, antes que para una competencia intelectual para demostrar quién queda mejor ante la opinión pública.
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