En este nuevo comienzo, vale la pena recordar el por qué del contar.
Bruno Bettelheim lo describía como una forma de encontrar significado. Adherimos a ello ya que, si deseamos vivir realmente concientes de nuestra existencia, la necesidad más urgente y difícil es la de encontrarle un sentido a nuestras vidas.
Hay muchos que han perdido el deseo de vivir y han dejado de esforzarse, porque este deseo ha huido de ellos.
La comprensión del sentido es un logro que se obtiene en un proceso desplegado a través del tiempo.
Contrariamente a lo que algunos mitos antiguos consideraron, la sabiduría no surge ya desarrollada como Atenea de la cabeza de Zeus, sino que se va formando desde los primeros orígenes. Solo en un momento determinado, se supone que en la adultez, podemos obtener comprensión inteligente de nuestra existencia basados en la experiencia de vida.
Esta adquisición no es un logro cronológico sino lógico y requiere trabajo.
Exigir al otro que piense como yo es un modo de no verlo: en tanto le pido que sea un duplicado no tengo idea ni registro de su propio proceso diverso del mío. Es decir no lo veo como otro; es casi como estar en un mundo de uno solo, que es mirado desde y para uno mismo.
El proceso por el cual los otros empiezan a tener presencia y existencia es una adquisición que vamos logrando.
Parte de la experiencia de vida se transmite; es decir que algunas vivencias de nuestros antepasados próximos y aún de los más lejanos han sido incorporadas como información genética o cultural para las generaciones posteriores. Después está la vida de cada uno. La mezcla de todos los elementos da por resultado la materia que somos.
Los relatos, cuentos, historietas y canciones ("pero no de las que andan a botón, yo las quiero de la mano de una abuela que me las lea en camisón" al decir de María Elena Walsh) son instrumentos privilegiados para divertir y excitar la curiosidad de los niños y para estimular su imaginación; de un modo especial se conectan con las emociones
El folklore y las historias populares informan poco acerca de la cotidianeidad; pero permiten acercarse a muchos problemas comunes e internos de los seres humanos y muchas veces, como los anteriores, a propuestas para la resolución de dificultades.
Cuando niños, las historias nos dieron la posibilidad de comprender el mundo en que vivimos, las ideas y los valores de un modo concreto y tangible.
El valor de aquello esencial que transmiten es lo que permite que fluyan de unos a otros, refinándose pero manteniendo el sentido esencial que se dirige a todos los niveles del oyente; desde el manifiesto y estético hasta otro más profundo. Es el de los instintos: con ellos nacemos y nos mandan hasta que aprendemos, con la mejor de las suertes, a manejar a algunos de ellos y a decidir cómo queremos vivir.
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