Vinieron nuestros dioses blancos en naves que cruzaron el espacio azul, vestidos con vistosos atuendos de colores. Sus espadas danzaban con el viento y de sus piedras, inexplicablemente, emanaba el sol: tales brillos me impidieron ver el engaño, palabra que hasta ese momento, no conocíamos el significado.
Le dimos ofrendas como solíamos hacer con los demás dioses, pero hasta entonces ninguno de ellos nos había pedido a nuestras mujeres.
Al principio no se porqué nos llamaron indios, con el paso del tiempo y a medida de que iba develándose su verdadera identidad, nos gritaban salvajes.
Comenzaron a morir muchos de nuestros hermanos, los dioses, no habían venido solos, traían consigo de compañera a la muerte: fiebres, pestes y otras enfermedades que contagiaban a nuestras compañeras.
-¡Estos no son los dioses de los que hablaron mis antepasados!-, dijeron los ancianos de mi pueblo; pero no se porque esa vez no los escuchamos: habíamos aprendido demasiado rápido a ignorar y a burlarnos de nuestros mayores.
Pizarro mató a Atahualpa, crucificaron nuestras creencias, nos atraparon con el dulce sonido de cajitas musicales encordadas, nos robaron el oro y disminuyeron nuestra casa a un simple corral de aves.
¿Qué clase de dios nos han mandado? ; le preguntamos a los Jesuitas. Si hasta a ustedes los han echado.
Un día de esos tomé a mi familia y en nuestro bote bajamos por el más grande de los ríos. Por tres días y tres noches nuestro sol y nuestra luna nos protegía. Pero en una tarde, una espada atravesó nuestras vidas.
La sangre, que es de todos, se mezcló confundida: perdónalos señor, porque no saben lo que hacen.
Los dioses siguen lamentándose por miles de tragedias como esas. Los salvajes, siguen festejando quinientos años como estos.
Charly Schneider



