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» Este artículo corresponde a la Edición del martes, 03/ene/2012 de La Auténtica Defensa.

Del otro lado del muro
Por Charly Schneider




Elena huele a jazmines porque descansa sobre un lecho de flores, en el patio de una vieja casona junto al limonero. Nada ni nadie marca su lugar en el mundo, solo la memoria de los que la conocieron y nunca más la volvieron a ver y de los que se aferran a la estúpida idea o al sueño esperanzado de que esa amarillenta foto de papel, vestida de colegiala, se exhume un día para así poder abrazarla y verla caminar pizpireta hacia nosotros.

El dolor se transmite con la historia, pero hay ocasiones en que suceden cosas inexplicables, de tal modo que la gente suele borrar detalles de la vida de una manera sistemática. Elena no las dejó de lado, aunque nuestra patria pudo haber padecido durante mucho tiempo de una amarga amnesia colectiva.

Con los ojos vendados entró al cuarto, tanteando cual gallito ciego, juego que la mareo por el resto de su vida. Bruscamente fue empujada sobre la cama de hierro, apoyó de ese modo su cara contra una pared tosca que le rasguñaba dócilmente la mejilla derecha, en un preciso instante en que comenzó a escuchar voces del otro lado del muro que tenía frente a ella.

Día tras día, noche tras noche fue conociendo diferentes voces, de su lado las palabras roncas de los torturadores, la voz del diablo y el silencio de Dios, y tras el muro, ruidos producidos por una familia tipo, sonidos a cubiertos y a platos rotos, abrazos, alegrías y discusiones cotidianas. Olor a puchero de los martes, a churrasco de los jueves, asado de los sábados y la pasta de los domingos.

En el tiempo, Elena construía la realidad de los otros, la de vidas ajenas, de esas voces y de esas caras que seguramente nunca conocería, pero que quizás ya había idealizado en su cabeza portadora inevitable de utopías imprudentes. Escuchaba reír a sus vecinos mirando los programas cómicos de la época, las novelas de la tarde y el fútbol inevitable.

¿Por qué los oídos de sus vecinos se negaban a escucharla, por qué no intentaban detener por un instante el tiempo, ese reloj tenebroso, para mirar por un segundo hacia el muro oscuro que dividía a la muerte de la vida?

Una mujer imperceptible, eso era Elena, un ente apropiado para contraer obligaciones, pero nunca susceptible para adquirir sus propios derechos. Una mariposa silenciosa, que se escudriñaba por los pequeños huecos del muro para sacar a pasear la mente, abrir los ojos, sentir la brisa suave, hacer de todo lo que le permitiera no escuchar los gemidos del dolor, para negarse a ser cómplice de orgasmos ajenos e impuros, o para evitar escuchar el ruidoso traqueteo de muebles magullando las paredes vecinas.

Elena dormía, comía y resistía en esa misma cárcel personal; sin la compañía de nadie más que el olor nauseabundo del miedo. Se bañaba con las puertas abiertas, de espaldas a los uniformes para aminorar la vergüenza de la vejación diaria; la vigilaban celosamente para que no fuera ella la que decidiera su fecha de vencimiento.

Cercada de edificios que compartían el mismo aire de Buenos Aires, patios con sogas de ropa hasta el hartazgo. Barrio lleno de vecinos de una casa que no era su hogar, estadios reventando de goles argentinos en la vieja radio Spika del carcelero. Espacio de muerte y tortura en un antiguo caserón tan intangible e invisible como Elena, la mujer del otro lado del muro, la que nadie miraba ni escuchaba hasta el día de su muerte, jornada en que los tres vecinos ni se animaron a mirarse a la cara; ignorando lo que era inminente y alzando una vez más el volumen del televisor para no escuchar la nada, ni el grito de ella ni el de la ausencia de la conciencia colectiva, negada y desconocida tres veces entre el canto triste de los gallos traicioneros de los Pedros.

Así yace Elena, su fantasma, la que huele a jazmines porque descansa sobre un lecho de flores. La mujer ignorada que sufría del otro lado del muro, la madre que amamos y esperamos impacientemente o que de manera mágica y estúpida pretendemos que cruce por esa portezuela o que rasgue las paredes de papel que la tienen presa, para así poder abrazarla, besarla y verla caminar pizpireta hacia nosotros acarreando su morral con inocencia.

"(…) mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incognita, un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido. (Jorge Rafael Videla)

Nota: En una entrevista televisiva donde hizo estas declaraciones, cuando Videla nombra la palabra "desaparecido" no puede evitar mirar rápidamente al cielo.

Charly Schneider - Memoria Fotográfica


 
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