Después de muchas peripecias llegamos por fin a destino y de allí directo a Antigua, la antigua, le dicen, la antigua Guatemala, capital por doscientos años del reino de Guatemala hasta 1776, año del terremoto que obligó a su relocación y posterior traslado de todo; casa de gobierno, plaza mayor, hasta iglesias pieza por pieza hasta la ciudad nueva. Tardaron diez años en terminar la mudanza. Llevaron muchas cosas...
El primer impacto fue grande; fuimos a la primera iglesia en San Felipe de Jesús, pueblo de los alrededores de Antigua, habían retirado los bancos y en la nave central estaba instalado el primer huerto de la temporada; huertos de primicias, de las mejores frutas y verduras ofrecidas en composiciones estéticas y coloridas. Difícil explicar lo minucioso del trabajo, la combinación de los colores en un especial tapiz ofrecido a Dios.
Afuera, la gente rodeaba los templos preparando ramos, pero no de olivo como acostumbran por estos lares, sino de palmas entretejidas con flores, compitiendo a cual mejor presentados.
Por último las alfombras en las calles; herederos de una antigua costumbre mallorquín los guatemaltecos se levantan muy temprano para construir las alfombras de flores y aserrín que ornan el recorrido de las procesiones. Trabajan horas para acompañar el instante del paso de la procesión que recorrerá esa calle. Inmediatamente después una máquina barredora retira los restos.
En las iglesias; hombres haciendo fila para confesarse, promesantes con güipiles recorriendo de rodillas el camino hasta el altar y a los costados en lugar de los bancos, estaban los pasos, allí preparaban las imágenes de los sucesos de la semana santa para recorrer las calles en procesión llevados en andas por multitudes. Vestidos con túnicas violetas hasta el jueves, a partir del viernes santo, de riguroso oscuro; hombres y mujeres. Se los notaba comprometidos.
En cambio en la ciudad de Guatemala, lo que noté era muchísima gente en las calles, pero en una romería de negros; de color negro, paseando y algunos pavoneándose en las sendas de recorrida de los pasos. Nos detuvimos frente a la catedral para ver pasar a la que esperábamos sería una procesión especial: la de la Señora del calvario, mucha gente mirando. Por la senda, pregoneros vendiendo chucherías: "a quetzal, a quetzal" y en un podio acullá un locutor presentando los misterios del viernes santo; invitaba a señores que describían lo que sería el paso a venir en crema y oro, los colores de esta temporada.
Y la gran decepción de la noche: la presentación de la gran procesión, parecía la más esperada; la del calvario. Esta vez no estaban los levantadores de andas sino que las figuras eran tiradas por motores y acompañadas por unos beduinos que parloteaban entre si.
Detrás en otras filas unos señores con capuchas tipo Ku kux Klan que llevaban velas encendidas y se paraban y caminaban cuando sonaban unos silbatos de orden, mientras la gente miraba cansina y los de podio charlaban hasta por los codos y en realidad nadie parecía ocuparse en nada.
Creo que lo más impactante parecía el desinterés y que solo importaba estar en la calle.
En ese momento decidimos que ya era tiempo, volvimos al hotel.
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