Los dos accidentes más importantes ocurridos en el mundo en plantas de generación de electricidad que utilizan reactores nucleares (Chernobyl-Ucrania en 1986 y Fukushima-Japón hace sólo un año) determinaron una zona de exclusión de 30 km.
Esto quiere decir que la ciudad de Campana, que se encuentra a una distancia similar de las centrales nucleares de Atucha, también estaría seriamente afectada por una eventual falla grave en las mismas.
Es bueno aclarar que dichos establecimientos en ningún caso explotan como una bomba atómica sino que, por eventuales fallas en el sistema de refrigeración del reactor - entre otras -, puede llegarse hasta el derretimiento del núcleo del mismo y forzarse la emisión al exterior de todo tipo de sustancias radioactivas. Al no haber explosión, ningún daño puede esperarse de ello a las viviendas o industrias como tales, pero las enormes dosis de radioactividad liberadas sí pueden resultar letales para las personas y animales, y los vegetales volverse no comestibles por la gran contaminación que los afectaría así como también a las aguas.
La única solución, según la experiencia internacional, es la evacuación de toda la población residente en un área de 30 km alrededor de las centrales, como se hizo en Chernobyl y Fukushima. En el caso particular de Chernobyl, 26 años después de la catástrofe, los evacuados no han podido aún retornar a sus hogares.
Pero si bien la concreción de un desastre de tal magnitud es una posibilidad relativamente remota (aunque el diseño de nuestras centrales es bastante antiguo para los cánones internacionales), podría haber accidentes de menor importancia que no obstante requerirían la toma de diversos recaudos para las poblaciones involucradas.
Para esto último como para aquello se necesitaría la adecuada concientización de los habitantes y de su defensa civil, que deberían estar preparados para afrontar la contingencia en sus domicilios o en condiciones de evacuación temporaria o definitiva.
Actualmente sólo se han practicado simulacros de emergencia nuclear en la localidad de Lima, no contemplándose la perspectiva de una extensión hasta las zonas que en el mundo ya se ha comprobado que pueden quedar involucradas.
No es mi intención proponer el cierre de las centrales nucleares (como lo han hecho varios países europeos) con su secuela de desocupación y déficit energético para un país como el nuestro que intenta llegar a un estado más razonable de desarrollo.
Pero sí considero que por lo menos las poblaciones que viven hasta 30 km de las centrales deberían estar debidamente informadas sobre qué hacer en caso de una emergencia nuclear.
Esto evitaría el pánico y que se agregase un incremento innecesario de riesgos por el desconocimiento de una realidad de la cual tenemos el derecho y el deber de hacernos cargo.



